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Valerio Buenfil, Cronista

Uno de los secretos mejor guardados de Motul es la llamada “gallina ciega” de la iglesia de San Juan Bautista. Desde niño me fascinaba subir a ese pasadizo oculto entre los muros del templo. A fines de los años sesenta, tras tardes de juegos en la antigua alameda, un grupo de amigos nos aventurábamos a explorar la iglesia, desafiando la vigilancia del sacristán “Juan Cacos”, siempre con su chicote en mano.

Aquella escalera en espiral, oscura y silenciosa, nos conducía a la “gallina ciega”, un corredor elevado que recorre de norte a sur la parte alta del convento. Desde ahí, admirábamos los frescos de la cúpula y la silueta de nuestra ciudad con sus casas, árboles y calles antiguas. Era una experiencia espiritual, estética y casi mágica.

Décadas después, el Dr. Miguel A. Bretos, destacado académico del Smithsonian y experto en arte sacro, escribió un ensayo esencial: “La ceguera de las gallinas, o brevísima historia de una invención yucateca” (Unicornio, Por Esto!, 7 de diciembre). En él, afirma que el primer caso documentado de “gallina ciega” se encuentra en Motul, seguido por templos de Conkal, Maxcanú y Hoctún.

Estas estructuras, únicas de Yucatán, son pasadizos construidos dentro del grosor de los muros, con balcones y ventanales que permitían ventilar, iluminar y acceder a techos y cúpulas. Según Bretos, fueron los franciscanos quienes, con ingenio teatral y práctico, idearon esta solución arquitectónica que recuerda los claristorios góticos europeos, pero con un sello local.

La “gallina ciega” de Motul fue obra de frailes visionarios como Fray Diego de Cervantes y Fray Marcos de Manzista, y quedó concluida hacia 1651. Su influencia es visible incluso en la fachada del templo mariano de Dzemul.

Hoy, este patrimonio invaluable yace en el olvido, cubierto de polvo y desuso. Como bien señala el Dr. Bretos, su nombre —entre lo cómico y lo absurdo— ha contribuido a su desprestigio. Pero en realidad, es una joya arquitectónica y espiritual que merece ser redescubierta y valorizada.

¿Por qué no abrirla nuevamente al público? Restaurarla, iluminarla, convertirla en un atractivo cultural y turístico, como sucede con templos históricos en Europa que se sostienen con las visitas.

La iglesia de Motul requiere mantenimiento continuo. La “gallina ciega” puede ser la llave para su conservación y, al mismo tiempo, un espacio de encuentro, identidad y admiración por nuestro pasado.

Cierro esta nota con gratitud al Dr. Bretos, por su generosa obra. Los errores aquí son míos. Los méritos, todos suyos.

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