

(Versión adaptada de la obra de Eulogio Palma y Palma, 1901)
Hace siglos, donde hoy está el pueblo de Ucí, existía una gran ciudad gobernada por un poderoso señor, al que obedecían muchas comunidades vecinas. Tenía una hija de extraordinaria belleza, a quien la gente comparaba con el mismo sol. Además de hermosa, era hábil y laboriosa: hilaba como diosa y sus bordados eran obras de arte. Su fama pronto cruzó fronteras y muchos hijos de otros gobernantes llegaron a pedir su mano. Pero ninguno logró conquistar su corazón. Aquellos rechazos provocaron guerras entre pueblos que se sintieron ofendidos.
Un día, mientras cazaba en el monte —pues era aficionada a la caza— la joven princesa, acompañada de su fiel sirvienta, vio a un joven cazador cuya destreza la impresionó profundamente. Desde entonces, acudía cada día a aquel lugar para encontrarse con él. Pasaban juntos largas horas, conversando y enamorándose. Al enterarse de esto, el rey, curioso, investigó quién era aquel joven y se indignó al saber que se trataba de un simple soldado. Le prohibió a su hija volver a verlo.
La princesa quedó desconcertada. No comprendía por qué su padre, que había permitido guerras por ella, ahora se oponía a que siguiera su corazón. Su amado no era cualquiera: era valiente, apuesto, digno de ella. ¿Por qué no podía elevarlo a una dignidad mayor, si los dioses lo habían dotado de tantas virtudes? Lloró, se desesperó, pero no expresó jamás sus pensamientos en voz alta. Su padre la creyó resignada.
Pasaron los días. La princesa, ya vencida por la añoranza, decidió regresar al monte. Allí lo encontró, pero su semblante había cambiado: pálido, iracundo, con la mirada encendida. Ella retrocedió, dolida. Sabía que entre ambos existía un abismo: ella era princesa; él, un soldado. Pero se amaban. Y ese amor les dolía.
El joven se acercó y, con voz temblorosa, dijo:
—Yo vivo de la luz de tus ojos. Mi perdición está sellada. Quiero morir, pero moriré vengado.
Ella lo miró en silencio. Él insistió:
—Ámame siempre, y moriré digno de ti. Júrame que me amas.
—Sí, lo juro. O tú… o la muerte —respondió ella con firmeza.
El joven la abrazó con desesperación. Aquella promesa lo había trastornado. Esa noche, decidido a todo, cometió el acto más audaz que la historia recuerda: desafiar a los dioses.
El atentado al dios de las riquezas
Con la luna ascendiendo por el oriente, el joven cazador, provisto de su arco y una pala de piedra, llegó hasta el cerro donde moraba el dios de las riquezas, protector de la ciudad. Se ocultó entre las sombras y comenzó a excavar con furia. Pronto abrió un túnel que lo condujo a un palacio resplandeciente. En el centro de una gran sala vio un arca de la que manaba oro como si fuera agua. Pero allí, de pie, lo esperaba el dios, de brazos cruzados.
—¿Qué te trae por aquí, mortal insensato? —preguntó el dios.
—Te pedí justicia y me la negaste. Me has hecho sufrir sin razón. ¡Me vengo de ti!
Y sin dudar, disparó una flecha al pecho de la deidad. La saeta giró en el aire y, en un giro inesperado, volvió hacia él, atravesándole el corazón. El joven cayó muerto.
Esa misma noche, la princesa despertó sobresaltada. Una luz intensa iluminó su alcoba. En ella apareció el dios de las riquezas, y a sus pies, el cuerpo del cazador. La princesa gritó, pero una voz retumbó como trueno:
—Tú lo llevaste a su perdición. Le diste esperanzas vanas. Él ha pagado su osadía… ahora tú pagarás también.
Un estruendo sacudió la tierra. Y en un instante, ambos yacían muertos.
El castigo
Al amanecer, el sol iluminó una escena de horror. Una columna de agua surgida de Popolá había arrasado con la ciudad entera. Sobre el lago que ahora cubría lo que antes fue un gran reino, flotaban innumerables cadáveres. En la cima del cerro más alto, el dios de las riquezas contemplaba la destrucción con aparente satisfacción. Días después, cuando las aguas retrocedieron, no quedaba nada… salvo la antigua mansión de los dioses.
