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Mérida, Yucatán, domingo 6 de julio de 2025

Con motivo del XIV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C, el Arzobispo de Yucatán dirigió su homilía dominical basada en las lecturas de Isaías 60, 10-14; Gálatas 6, 14-18 y Lucas 10, 1-12.17-20, destacando el mensaje central del Evangelio: “Que la paz reine en esta casa” (Lc 10, 5).

En su reflexión, el Arzobispo señaló que “la mies es mucha y los operarios pocos”, haciendo un llamado urgente a la oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Denunció la insuficiencia de sacerdotes para atender el creciente número de parroquias, especialmente en la capital y en las zonas rurales del estado, donde un solo presbítero puede encargarse de varios municipios y comisarías.

Lamentó también la disminución del alumnado en el Seminario Mayor e invitó a los fieles a orar por su fortalecimiento, al igual que por nuevas vocaciones a la vida consagrada.

El prelado resaltó que esta realidad representa una oportunidad para que los laicos asuman con mayor compromiso su papel evangelizador en el mundo, especialmente dentro de sus propias familias y en sus entornos laborales y sociales. Subrayó que “el lugar propio del laico está en el mundo”, recordando que su acción debe estar guiada por la fe, la honestidad y el bien común.

En su mensaje, profundizó en el simbolismo del envío de los 72 discípulos, que según san Lucas representa la totalidad del pueblo de Dios, incluidos obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos. Señaló que la evangelización debe evitar el individualismo y el protagonismo, promoviendo en cambio el trabajo fraterno y comunitario.

El Arzobispo hizo también una fuerte crítica a quienes viven una “doble vida”, participando activamente en la Iglesia mientras cometen actos deshonestos o inmorales en su vida cotidiana: “Qué triste y qué vergüenza es que algunos participen en la Iglesia y a la vez estén vinculados con negocios sucios, fraudes o drogas que envenenan a nuestros jóvenes”.

Con respecto a la confianza en la Providencia, recordó el mandato de Jesús a sus discípulos de no llevar dinero ni sandalias, como una enseñanza de humildad y fe: “Los que nos dedicamos a las cosas de Dios, hemos de tener muchísimo cuidado de no abusar de la buena fe de las personas que nos apoyan, pues hacerlo sería un pecado gravísimo, un sacrilegio que clama al cielo”.

Destacó el papel de los Ministros Extraordinarios de la Comunión (MEC), quienes, en nombre de la Iglesia, llevan la Eucaristía a los enfermos en sus hogares, cumpliendo la profecía de Isaías: “Yo haré correr la paz sobre ellos como un río” (Is 66, 12).

El Arzobispo exhortó a todos los fieles a ser portadores de paz, evitando caer en divisiones o escándalos, y recordó que lo más valioso no son los logros sociales sino el hecho de tener “nuestros nombres escritos en el cielo”.

Finalmente, citando al apóstol san Pablo en su Carta a los Gálatas, el Arzobispo concluyó que la verdadera gloria del cristiano está en la cruz de Cristo, y que los verdaderos trofeos son las penas y sufrimientos sobrellevados por fidelidad al Evangelio.

“Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!”, concluyó su homilía dominical.

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