
En el marco del II Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A, la liturgia de la Iglesia presentó un profundo mensaje centrado en el testimonio de San Juan Bautista, quien señala a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), subrayando así el corazón del misterio cristiano: la redención.
Durante la celebración, se recordó que esta fecha marca también el inicio de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, una invitación a pedir por la comunión entre todas las iglesias, en fidelidad al deseo de Cristo: “Que todos sean uno” (Jn 17, 21).
Asimismo, se elevó una oración especial por el pueblo de Venezuela, para que sus conflictos puedan resolverse de manera pacífica.
El Evangelio según San Juan (Jn 1, 29-34) presentó el testimonio del Bautista tras bautizar a Jesús en el Jordán, cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. Juan reconoce en Jesús no solo al Mesías esperado, sino al Hijo de Dios, enviado para realizar la obra definitiva de la salvación. A diferencia de los sacrificios antiguos, solo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, tiene el poder de borrar el pecado del mundo, un poder que permanece vivo y actuante en la historia.
Se destacó que este mismo anuncio se hace presente en cada Eucaristía, cuando el sacerdote, antes de la comunión, muestra la hostia consagrada y repite las palabras del Bautista, proclamando a Jesús como el Cordero de Dios. La entrega de Cristo en la cruz fue única, pero su eficacia redentora es eterna.
La primera lectura del profeta Isaías (Is 49, 3.5-6) fue interpretada como una clara referencia a Cristo, en quien Dios manifiesta su gloria y a quien convierte en luz de las naciones, para que la salvación alcance hasta los confines de la tierra. Este anuncio sigue cumpliéndose hoy en cada persona que abre su corazón a Cristo.
El Salmo 39 reforzó el sentido de la Encarnación con la expresión: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, palabras que encuentran su plena realización en Jesús, el nuevo Adán, obediente al Padre, a diferencia del primero. En este camino de obediencia y fe, se recordó también el ejemplo de María, quien aceptó la voluntad de Dios y exhortó a los creyentes a hacer siempre lo que su Hijo diga.
La reflexión abordó además el valor auténtico de la libertad cristiana, señalando que la verdadera libertad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en someterse con amor a la voluntad del Padre, siguiendo el ejemplo de Cristo.
En la segunda lectura, tomada de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 1, 1-3), el apóstol, acompañado de Sóstenes, dirige su saludo a la comunidad, recordando que todos los bautizados han sido santificados en Cristo y están llamados a vivir en santidad. Este llamado es universal y accesible para todos.
Se citó al Concilio Vaticano II, que afirma que todos los fieles, sin distinción, están llamados a la perfección de la santidad, así como al Papa Francisco, quien en su exhortación Gaudete et exsultate resaltó la santidad vivida en lo cotidiano, en las familias, el trabajo, la enfermedad y la perseverancia diaria, a la que llamó la “santidad de la puerta de al lado”.
Finalmente, se recordó el saludo paulino que sigue vigente en la liturgia actual: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús el Señor” (1 Cor 1, 3), como un envío para vivir la fe con alegría y coherencia durante la semana.
La reflexión concluyó con un deseo de paz y bendición para todos los fieles, reafirmando el mensaje central del día: reconocer a Jesús como el Cordero de Dios, caminar hacia la unidad y responder al llamado universal a la santidad.
¡Sea alabado Jesucristo!
