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Entre aromas de pan recién horneado y recuerdos de infancia, la historia de la Panificadora Castillo se cuece como las mejores masas: con tiempo, paciencia y mucho corazón. Lo que comenzó hace varias décadas en un humilde puestecito de madera frente a la iglesia de Umán, hoy es un emporio del sabor que ha llevado la tradición panadera yucateca hasta Playa del Carmen, Ciudad del Carmen y Mérida.

La semilla la sembró don Carlos Castillo Solís, quien de niño ya conocía el valor del trabajo: “A los 11 años ya estaba en el mercado como abastecedor, siempre buscándose la vida”, recuerda su hija Marisol Castillo Ruz, hoy pieza clave en la administración de las sucursales. Fue él quien, con la oportunidad de cambiar de giro, decidió apostarle a la panadería, soñando con tener un local propio junto al mercado municipal de Umán.

Ese sueño no lo cumplió solo. Doña Hilda Ruz López, su inseparable compañera, se convirtió en el brazo firme de la empresa familiar, administrando y apoyando, mientras los siete hijos crecían entre charolas de pan, hornos encendidos y el ir y venir de clientes que poco a poco fueron haciendo del apellido Castillo un sello de confianza.

“Todos aprendimos desde pequeños el oficio, no había de otra”, recuerda entre risas Enrique Castillo, quien por un momento deja sus ocupaciones para hablar de lo que más ama: el pan tradicional. Y no es para menos, porque de las manos de esta familia han salido delicias que forman parte del gusto popular: el cocotazo, el francés de huevo, los panques de leche, elote, nuez, cacahuate y el consentido panqué de queso de bola, que rara vez dura en los estantes.

La panadería también honra las fechas especiales: en Día de Muertos, por ejemplo, hornean el pan batido con adornitos de pasta, un clásico que acompaña la nostalgia y el recuerdo de quienes ya partieron.

Hoy, el reto no es menor. Como muchos negocios tradicionales, la Panificadora Castillo enfrenta la dificultad de encontrar panaderos capacitados para elaborar las distintas variedades que el público exige. La respuesta ha sido formar al personal en casa, con la guía de un maestro panadero que ha estandarizado procesos y mantiene la calidad que distingue a la marca.

Pero no todo es conservar la tradición. La familia ya piensa en dar un paso más: ofrecer a sus clientes un espacio acogedor donde puedan acompañar el pan con un café o un refresco, un concepto que refresca la experiencia de comprar pan sin perder la esencia de barrio que los vio nacer.

Lo cierto es que, bajo el sol ardiente o entre lluvias, el pan nunca falta en la mesa yucateca, y la Panificadora Castillo sigue allí, como símbolo de que con esfuerzo, unión familiar y pasión, una tradición puede crecer y perdurar en el tiempo.

En Umán, el aroma a pan caliente sigue siendo el mismo de aquel puestecito de madera, pero la historia que comenzó con un sueño juvenil, hoy es el orgullo de toda una familia y un referente en el corazón de Yucatán.

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