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XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Santo Cristo de las Ampollas, Patrono de la Arquidiócesis de Yucatán

Ciclo C

Lecturas: Núm 21, 4-9; Fil 2, 6-11; Jn 3, 13-17

“Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre” (Jn 3).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel kimak óolal.

Bejlae’ u noj k’inil ek Yuum Cristo ti Ampollas, lu’u ti domingo, lebetike’ je u pajtal ek muuch’kekbaj ek k’imbesej. Ma u tubul ti to’one’ex, mix maak je’ u beytaal u k’ultik tu jajil ek Yuumile’, wa ma’ taan u kuchik u cruz ka u tsaypachte’.

Muy queridos hermanos y hermanas:

Les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor levantado en la cruz; levantemos hacia él nuestra mirada y nuestro corazón.

El Cristo de las Ampollas es patrono de toda nuestra Arquidiócesis, aunque hay otras devociones referidas a la cruz de nuestro Señor Jesucristo, como la del Cristo del Amor o el Cristo de San Román.

Pero, por más voladores que se truenen o por más que se participe en gremios, nadie será auténtico devoto de Cristo crucificado mientras no tome su propia cruz y siga a Jesús.

Tomar la cruz comienza por:

la confesión frecuente,

la recepción constante de Jesús en la Eucaristía,

el perdón a quien nos haya ofendido,

y el servicio a todos los necesitados.

Tomar la cruz también significa aceptar de buena gana los trabajos que nos corresponden, incluso algunos extras si no hay quien los haga. Significa aceptar la enfermedad o el accidente como oportunidad de unión a Cristo. No es necesario inventar sufrimientos: la cruz saldrá a nuestro encuentro, y de nosotros depende aceptarla o rechazarla.

En la segunda lectura, san Pablo nos presenta lo que parece ser un cántico de la primitiva Iglesia:

Cristo se despoja de la gloria de Dios y se humilla haciéndose hombre.

Se hace obediente hasta la muerte de cruz.

Vuelve glorioso al Padre, llevando consigo nuestra humanidad.

La cruz, la muerte más vergonzosa, Jesús la convierte en signo de amor y redención.

En la primera lectura (Números), Moisés levanta la serpiente de bronce como signo de salvación. Esa figura profetizaba la cruz de Cristo. Y todo fue consecuencia de un pecado grave: la murmuración. Murmurar contra alguien, aunque sea verdad, daña la buena fama y ofende a Dios, Padre de todos.

En el Evangelio, Jesús retoma esa imagen:

“Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre.”

No habla de derrota, sino de triunfo: la exaltación de la cruz como victoria del amor y la obediencia.

Hace unos días la Iglesia canonizó en Roma a Pier Giorgio Frassatti y a Carlo Acutis. Algunos dirían: “pobrecitos, murieron jóvenes y con sufrimiento”. Pero no: dichosos ellos, que pasaron pronto a la gloria del cielo, gozando de la plenitud de la vida eterna.

Esta semana celebraremos el aniversario de nuestra Independencia. Recordemos que nuestros héroes no fueron perfectos ni los supuestos enemigos fueron tan malos. La historia se escribe desde la victoria. Pero lo importante es que respetar los símbolos patrios une y fortalece el amor a México.

El verdadero amor a la patria se manifiesta en:

trabajar por la paz,

cuidar la casa común,

y buscar el bien de todos y de las futuras generaciones.

Que tengan todos una feliz semana y un gran festejo de las Fiestas Patrias.

¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán.

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