



Mérida, Yucatán, 4 de agosto de 2025.– En el corazón del bullicioso mercado Lucas de Gálvez, entre el aroma de antojitos y el ir y venir de los compradores, destaca una figura entrañable para locatarios y visitantes: Roberto Mena Pacheco, mejor conocido como Don Beto, un hombre cuya historia de vida es un testimonio de perseverancia, ingenio y amor por su oficio.
Originario del estado de Campeche, Don Beto llegó a Mérida hace 60 años y desde los 15 comenzó a trabajar en el tradicional mercado yucateco. “Trabajé como empleado vendiendo legumbres, ganaba 30 pesos semanales, pero siempre traté de mejorar y superarme”, recuerda.
Con determinación, alquiló un pequeño local donde inició su camino como emprendedor, lo que le permitió formar una familia al lado de Inés, también locataria, con quien consolidó su primer negocio. Pero su inquietud por crecer lo llevó a estudiar electrónica y abrir un taller donde reparaba planchas, ventiladores y grabadoras, atendiendo tanto a hogares como a los comerciantes del desaparecido “Chetumalito”, antigua sede de la escuela Felipe Carrillo Puerto.
Sin embargo, la llegada de la tecnología desechable y la demolición del edificio afectaron su actividad, obligándolo a reinventarse. Transformó su taller en una modesta lonchería, y tras varios intentos perfeccionó la receta de sus hoy afamados polcanes doraditos y empanadas rellenas, que se han convertido en una parada obligada para quienes visitan el mercado.
“Cuando empezamos no se vendía casi nada, pero no nos rendimos. Con mi esposa trabajábamos desde las 3 de la mañana hasta las 6 de la tarde”, comparte Don Beto, con la sencillez de quien ha construido un legado a base de esfuerzo diario.
Con el tiempo, la clientela creció y fue posible expandir su espacio de trabajo, aunque el éxito trajo nuevos retos: la falta de espacio para atender a todos los comensales. Así nació un segundo local, “Jimmy el Grande”, atendido por su hijo Jimmy, a unos metros de la original Lonchería Don Beto. Ahí también colaboran su hija Norma y su nieta Ana Gabriela, mientras que otros dos hijos, Juan y Jorge, continúan el legado culinario en la zona.
Actualmente, Don Beto, de 76 años, ha dejado de freír debido a dolores en sus manos, pero sigue al frente, supervisando y soñando con innovaciones, como polcanes rellenos de carne al pastor o asada. “Si tuviera 50 años, otra cosa sería, pero ahí vienen mis hijos”, dice con humor y orgullo.
El reconocimiento a su trabajo también se ve reflejado en su inclusión en la galería de comerciantes representativos ubicada en la “Nueva Placita” del mercado Lucas de Gálvez, donde aparece retratado junto a sus famosos antojitos.
Más allá del éxito comercial, Don Beto se enorgullece de haber formado una familia que honra su ejemplo. Varios de sus nietos ya son profesionales: una es doctora y otro aspira a convertirse en ingeniero.
La historia de Don Beto es la de miles de mexicanos que, con trabajo honesto y dedicación, logran convertir la adversidad en oportunidad. Su legado no solo está en cada polcán que se sirve caliente en su local, sino en los valores que ha transmitido a su familia y comunidad.
